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Tarificación por palabras o por hora: EL TIEMPO

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Parece que en el mundo de la traducción, todo gira en torno a la palabra. Si bien es cierto que es la unidad básica para transmitir una idea de un contexto comunicativo a otro, las palabras, como se suele decir, «se las lleva el viento». ¿O acaso el fontanero cobra en función de las tuberías que pone; el carnicero, en función de los filetes que vende; y el abogado, en función de los casos que gana?

No sé de dónde viene esta costumbre de tarificar las traducciones o las revisiones por palabra, pero sí es verdad que «queda bonito». Ya que se trata de un documento escrito, donde, si no se va más allá, lo que se distingue son palabras individuales, ¿por qué no utilizarlas como herramienta? Yo creo que tengo la justificación: porque la traducción NO está formada solo de palabras. Los objetos de la traducción son de orígenes y naturalezas muy distintos, y lo que se traduce NO son en realidad palabras (sino que le pregunten a algún cliente si quiere una traducción «palabra por palabra», el resultado sería un sinsentido). Esto es lo que muchas veces crea una idea equivocada de nuestra profesión. Podríamos comparar al traductor con un obrero; y la palabra, con un ladrillo. Si el obrero no coloca bien los ladrillos, la casa se cae y el resultado es desastroso. Pues lo mismo ocurre con la traducción. Tarificación por palabras, vale, pero ¿acaso no importa la estructura que forman, dónde están colocadas, qué función tienen y cómo reflejan las ideas que entre ellas crean?

Hoy en día muchas empresas aprovechan la situación de libre mercado y la crisis para pagar menos por la traducción y reducir los costes «quitando palabras» con el pretexto de que son iguales en el texto de origen y de destino: números, nombres propios, variables, imágenes con o sin texto... Si aparecen en el documento original, el documento de destino los necesitará igual, o adaptados al fin del documento. Cuando una empresa solicita una traducción y consulta a un profesional, deberá ser el profesional el que estudie y valore cada caso. A mí no se me ocurre llamar a un cerrajero porque me he quedado encerrada fuera de casa y decirle que utilice tal utensilio o tal otro para abrir, o que quiero que me abra en cinco minutos o en treinta. ¡Me quedaría encerrada fuera para siempre!

En esta vida, lo que cuenta al fin y al cabo es el tiempo. Ese cerrajero cobrará el desplazamiento y el tiempo. La mayoría de los profesionales cobran por tiempo. Si no, que nos lo pregunten a nosotros, ¿cómo calculamos nosotros la tarifa por palabra? ¿Solo según el mercado? Si fuera así, en un par de años, como mucho, tendríamos que cerrar, porque hoy en día, con los famosos mercados de tres céntimos (y hasta de uno)... Apaga y vámonos. Para calcular una tarifa por palabra nos basamos en muchos factores, como las herramientas de trabajo y su mantenimiento, la formación, los gastos de mantener la empresa, la Seguridad Social, los impuestos, el alquiler de la oficina y, sobre todo, el podamos levantarnos cada mañana y estar dispuestos y disponibles para trabajar. ¿Y qué es eso al fin y al cabo? Tiempo.

En resumen, la tarifa por palabra se calcula en función del tiempo y de otros muchos factores, incluido el mercado, por descontado. Por lo tanto, en mi opinión es mucho menos enrevesado y más transparente calcular una tarifa por hora, que tenga en cuenta todo lo necesario para desarrollar la actividad: las horas trabajadas al año, vacaciones, mercado, imprevistos, material, seguros sociales y otros aspectos, que una tarifa por palabra, que parta de esta base, sin tener en cuenta otros factores, y que, muchas veces, no dé respuesta a las necesidades del traductor.

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Verónica es una traductora dedicada y muy detallista, dos cualidades fundamentales en el sector de la comunicación multilingüe. Es un placer trabajar con ella por su magnífico trato y su amplio conocimiento del sector. Recomiendo sus servicios como traductora y correctora en las combinaciones Francés-Español e Inglés-Español y seguiré contando con ella en el futuro. – Sara Crespo